Un niño atraviesa un pequeño baldío formado entre dos casas antiguas. La casa de su izquierda, la casa de paredes blancas, la casa de trizas y promesas de derrumbes, es una casa de dos pisos, motivo por el cual merece la atención del niño, y sí, si me lo preguntas, ahí es justamente a donde se dirige ahora, hacia esa pared gastada, temblorosa. Una pared con parkinson, que apenas se sacude con el viento. Pero se sacude. En serio.

Un par de zarzas, yuyos y televisores rotos arrojados sin ningún propósito más que el de comenzar a llamarlos basura, y créeme, sé de eso, estuve mucho tiempo, de niño, caminando entre baldíos. Conquisté algunos, descubrí otros, y bauticé algunos más. El barrio de la infancia era un barrio recién inaugurado, un barrio con pocas casas y muchos espacios para otras nuevas casas. Todos los años esperábamos nuevos vecinos que de la noche a la mañana estacionaban sus casas en nuestros baldíos, nuestros pequeños países y galaxias. Llegaban y se plantaban en la tierra para comenzar a dar forma a su árbol de la vida de cemento y ladrillos, y ya nunca abandonaban el barrio. Y si lo hacían, el tronco y las raíces quedaban estacados para las próximas ardillas gustosas de habitar en mi barrio, en mi cuadra, en mi territorio.

De modo tal que conozco muchos tipos de baldíos, y no deseo que ahora pongas esa cara, porque es la verdad, casi tengo en mi mente cansada un gran y colorido catálogo de baldíos. Podemos clasificar los baldíos de acuerdo a su ubicación en las manzanas. Baldíos en las esquinas, baldíos en el medio de la cuadra, atrapados entre casas, y por último, estos siempre fueron los que más me gustaron, baldíos que cruzaban como una calle toda una manzana. Baldíos rodeados de casas pero con dos vías de acceso. Baldíos que comenzaban en la cuadra anterior para terminar en la posterior.

Baldíos como los del niño atravesando el pequeño baldío formado entre dos casas antiguas. Baldíos donde la basura es arrojada desde autos y desde las medianeras de las casas vecinas. Baldíos donde se acumula la basura, el óxido, ladrillos abandonados, latas, bolsas, yuyos y grandes cantidades de tierra que forman esas dunas ideales para formar trincheras.

Baldíos que ganamos, baldíos que perdimos, y la eterna y concreta sensación de que los baldíos están condenados a extinguirse. Los baldíos como la tierra de nadie donde sin querer, casi sin desearlo, un día asoman desde la esquina un gran barco que, surcando mares de cemento arriba y conquista, sin el menor reparo, las únicas huellas de la vida fuera de los cubos y el cemento caliente que nos rodean.

Los baldíos como los lugares de reuniones, de desencuentros. Los baldíos como islas llenas de tesoros arrojados por los vecinos: una silla sin una pata, una antigua estatua con el tabique roto, hasta a veces llamábamos al forense del grupo para identificar los cadáveres de mascotas obsoletas.

Ahora que lo mencionas, sí, éramos esa especie de cazadores de tesoros, de basura. Éramos los piratas de los baldíos, y normalmente nos disputábamos los nuevos botines con los piratas de los otros barrios, y las dunas, las trincheras eran todo lo que necesitábamos para el perfecto lugar de combate.

Pero por la ventana vemos al niño. Lo ves? Caminando bajo la sombra de la pared. En su mano lleva una cámara fotos, o una parte oxidada de una antigua y completa cámara de fotos. Dispara infelices y fantasmagóricos flashes a un grupo de insectos, a las costras de cemento de la pared, a las cáscaras de la blanca casa en sombras y atardeceres.

Y las sombras se estiraron un poco, verdad? Las sombras ya casi son parte de las otras sombras, de las sombras de la noche, las sombras de los baldíos que nos asustaban, que nos hacían regresar a las casas. Las sombras de la cena, las sombras que llegaban a nuestra mente con copia oculta, para instalarse durante las noches en los baldíos y descansar durante el día.

Los baldíos conquistados, los grandes continentes de tierra y basura se convirtieron, de a poco, en pequeños islotes, en regiones separadas. Luego desaparecieron. Y a partir de ese momento dejamos de ser niños, para siempre. Casi como el pequeño de enfrente, con esa esperanza y alegría con la que se cruza un nuevo baldío anocheciendo. Tan estúpidamente cerca de las paredes. Sí, ya sé, pero no podemos hacer nada. Los baldíos a veces necesitan de ese forense que identifica los cadáveres colocados a propósito o sin querer. Los baldíos a veces resultan ser ese sitio peligroso que nos juran nuestros padres.

Pero no, no te alteres, es un pequeño ruido junto a un apagado grito y ya está, y sí, el polvo llega hasta acá. Ensordecedor, no? Calma, en serio, tal vez este sea el único consejo que te pueda prestar: La muerte es ese mail en cadena que cuando llega nos parece personal y único, pero que ya ha sido enviado a todos, con copia oculta.

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