Pánico a Egon Spengler

Mi cuerpo en los últimos días mutó. Ya no soy un ser común, más bien soy puro Ectoplasma, una gelatina sin sabor ni color que se desplaza temblando por la ciudad. Nadie me reconoce, fantasma de las orillas de la calle, espectro de las veredas rotas, ánima de los pastos tristes de las plazas. Busco en la mediocridad a Peter Wenkman, Raymond Stantz o Egon Spengler, mejor el último, con sus gafas y su peinado semi punk, para que abra su trampa y me atrape junto con los otros ectoplasmáticos de siempre.

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