Chucho sintió que nada más había por hacer. Salió en ojotas a la calle y le dio una manguereada así nomás al Jacarandá. Siempre se olvidaba de las rosas, tal vez a propósito, mal recuerdo de sus días de mal hijo.

Entró a su casa, un poco más fresca que la calle, aunque el aire escaseaba, y el ventilador berreta se negaba a girar el disco, de forma tal que el aire fresco, de por sí caliente, se centraba en un punto que daba justo en los pies del sillón, y nada más.

Ojeó un catálogo de vinos, al azar. Asomó la nariz a unas botellas con etiquetas irregulares, y cerró las páginas, casi al mismo tiempo que las revoleaba con ímpetu por la ventana hacia la cochera. El catálogo flotó un rato en el aire y comenzó a patalear desesperado, hasta que se perdió detrás de la pared.

Chucho dejó la manguera chorreando las baldosas y el pasto flaco, y se fue a dormir la siesta del domingo. La ropa colgaba fantasmal en el alambre retorcido. Una nube, tal vez dos, se asomaban por el patio. Tal vez unas gotas amargas de lluvia cayeron al piso embaldosado del patio, pero eso Chucho no lo supo jamás. Tal vez los ojos de Amalia en la foto de la mesita de luz captaran algo, pero la bidimensionalidad de la foto debería haber hecho imposible mirar siquiera de costado la deprimente escena de afuera.

Sobre...