Dejaste los cigarrillos sobre la mesa, cerca de una servilleta de papel mal doblada. Un plato azul mirando hacia el techo, y un vaso mitad vacío de agua descansa apoyado en una botella de plástico un poco deformada por los latigazos del verano. Lejos de la ventana se dibujan unos truenos sobre unas nubes negruzcas y azulinas, y unas hojas verdes se sacuden con el paso de un viento caliente que seca mi boca, tal como se secó la tuya, como se secó tu corazón para, como una pequeña otoñal hoja salir por la puerta de atrás, para ya no volver, tal vez para terminar con la poca coherencia que existía en esto. Ahora miro tus cigarrillos sobre la mesa, sobre migas de cenas y almuerzos que se esfumaron rápidamente, pero nunca pude, nunca quise, borrar esos pequeños recuerdos, esos momentos retratados con partículas de alimento. Nunca quise deshacerme del polvo que ahora cubre las cosas, porque en el polvo descansa atrapado tu perfume, y cada una de todas las reuniones secretas acá, en el comedor, lejos de todos, lejos de los demás.

Nunca quise tocar la mesa, ni siquiera los cigarrillos, el paquete apenas abierto y ese aroma de tabaco que todavía rodea esa escena del crimen de donde escapaste sin cargos, esa escena de donde te vas para no volver, y no existe una pena para eso, no existe un castigo. Nunca traté de limpiar la mesa porque en ella todavía descubro las huellas de una pintura de la última cena, de nuestra última cena, y donde puedo ver todas las pinceladas de nuestras vidas, donde en cada detalle, en cada objeto puesto al azar sobre el lienzo puedo observar nuestra vida, nuestra polaroid mal sacada, borrosa y oscura.

Todavía un cenicero está a punto de arrojarse por la borda, justo donde, obstinada, lo dejaste siempre, y unas colillas retienen un poco de ese labial neutro que nunca me gustó, pero que ahora es la única huella digital, la única prueba, el móvil que asegura que estuviste acá. La prueba de vida inteligente en otro tiempo, en otro planeta.
Y ahora que lo pienso, después de todo este tiempo, después de ver que la mesa sigue como siempre, el reloj de pulsera que dejaste sobre ella - porque no llegaste a vestirte completamente luego de nuestra horizontalidad en la alfombra- está detenido, apenas unos minutos después de que te fuiste, exactamente a las 9:19. Así, solo necesito mirar la mesa, desde arriba de una silla, como un cuadro rectangular donde el tiempo jamás pasa y se representa, ya lo dije, nuestra última y apresurada cena. Una cena, un momento inmortalizado, inmaculado, infinito.

Más truenos se dibujan, más truenos rompen contra la tierra, el verano que no llegamos a ver está acá, en el maldito C, muy lejos de ese A donde las cosas eran como soñaba que serían en ese inalcanzable B.

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