Corta una ramita y apura el paso, tal vez para tratar de ganarle esa carrera al invierno, cuya largada es la puerta trasera del 23 Rodeo por Nacional y la llegada es la tercer casa de la calle Patagones, númeración 3451.

Agita las manos, trata de frotarlas juntas, las sopla y un genio de vapor blanco y caliente sale de su boca y escapa hacia los techos de casas bajas cubiertas de escarcha.

Un gato blanco, casi una bola de algodón y nieve, se esconde en vano entre unas ramas flacas y desnudas que tiritan con el viento, tiritan con el pasar del invierno que está por tomar la delantera en la inverosímil y despareja carrera.

Aprieta el paso, exige a unos pies helados a doblar la marcha, y tropieza con una de las tantas baldosas de domingo a las 9:19 am después de un café distante, después de un vodka lejano en el tiempo y presente en el paladar, después de una noche oscura que de a poco se destiñó para dar paso a la cara lavada de un día invernal.

Atrás, casi en el costado, casi alrededor, el aliento helado del invierno se acerca, resopla, y pasa por el cuello de esa campera con capucha sin estrenar, porque las capuchas te quitan un 50% de campo de visión, se dice, se consuela, mientras con una mano blanca y entumecida acomoda un mechón de pelo detrás de una oreja izquierda roja y dolorida, y otra imagen de vapor que sale de su boca para disparar hacia arriba, y allá va, perdiéndose en el cielo blanco.

Alcanza la esquina, dobla por la curva cerrada a toda velocidad y se dirige a su recta final, y ya divisa la llegada, mientras atrás, lo siente, no quiere mirar, el invierno es un monstruo de hielo enfurecido que se desliza por el rocío congelado, y los árboles tiemblan, y los pájaros vuelan a toda velocidad, y el vierno se le acerca, y los dos están cabeza a cabeza, y la meta está al alcance de la nariz roja, y otro último esfuerzo, otra columna de vapor que se congela en el aire, y mientras la mañana termina de aclarar, como si las noches fueran polaroids nocturnas que con el correr del tiempo se van revelando para dar paso a los colores y a las luces matinales, finalmente alcanza la meta, la llegada, abre una puerta de vieja madera y entra apurado al calor de una estufa que existe gracias a ese invierno que siguió de largo, que sigue su carrera montado en el tiempo, su eterno peregrinar estacionario, ese invierno que carece de llegada y que carece de meta, pero corre desesperado, tal vez para no parar, tal vez para que no lo alcance la primavera que le pisa los talones con sus flores y sus perfumes y sus hojas verdes y sus tallos, esa primavera que es veloz, lo suficientemente veloz como para que el rojo verano, que está justo detrás de ella no la queme con sus soles y sus humedades y sus frutos frescos y sus polaroids de rápido y duradero revelado, esas que pasan agitadas y acaloradas por la ventana, casi mirando para atrás, casi sintiendo las hojas secas y el pasto amarillo del otoño que es la cola o la cabeza, no importa, pero que junto con el verano y la primavera y el invierno giran persiguiéndose enternamente por esa pista esférica, tratando de correr, de huir temerosos del que se encuentra inmediatamente atrás, mientras las polaroids se revelan y se gastan y se guardan con cariño en el cajón del olvido.

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