En el espacio flotan los astros, me dijo una vez. En realidad, no flotan, se frotan, y producen chispazos de luz que nos dejan cegados, o deberían.

Las lágrimas caen siempre hacia abajo, aunque a veces trepan un poco por el rostro, y el mundo entonces parece como si se diera la vuelta. Incluso, dice, muy de vez en cuando el mundo se da vuelta, una vuelta completa, como si volcara, y de golpe vacía los ojos de todas las personas, y todas las lágrimas de todas las personas riegan el suelo, y los párpados húmedos se sonrojan, y los ojos se secan, y entre un manojo de nubes asoma un chorro de sol.


Las manos son una pequeña infografía predictiva de nuestra vida. Los errores son como tajos, los aciertos como un hilo de plata recorriendo un lago calmo. Las manos son el espejo de nuestras vidas, así como nuestro rostro es el diario donde se asientan todos los días de nuestra existencia, apelmazados, como un collage. Nuestro rostro, dijo, apenas sonriendo, es el blanco de los dardos de la vida. Mejor: nuestro rostro es una roca y la vida es el mar arrojando sus olas de días y noches, constantemente, mientras nos disolvemos un poquito en la vida, un poquito todos los días.

Finalmente, y antes de desaparecer para siempre, dijo que la lluvia cae porque quiere, porque tiene que caer. El hecho de las nubes es una casualidad; más de una vez uno debe haber estado parado sobre una cortina de agua cuyo nacimiento era un cielo totalmente despejado y azul. Llueve porque sí, cuando la lluvia cree que tiene que llover.

A veces la busco entre lluvias sin nubes, entre las líneas de mis manos, entre alguna piedra del mar, entre olas y olas que mueren estrelladas en la costa. A veces me siento a esperar el momento en que el día se de vuelta, una vuelta completa y mis lágrimas caigan al suelo, y mis ojos queden vacíos de nuevo.

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