33 horas sin dormir. La cabeza fuera de foco. Un incesante blur gaussiano en mi retina. Una sequedad tan intensa que me lleva a escribir los próximos párrafos.

No sé a qué jugar, ni cuando, ni cómo, ni dónde. Porque cualquier cosa que se haya parecido a un juego indudablemente ya no lo es. Ya no es una cuestión de signos y señales. Es una avalancha tan gorda que se me cae toda encima y me hace olvidar todo. Me aferro a mí, soy lo único que me queda. Y estoy tambaleando. Estoy completamente perdido. Completamente introyecto, triste, oprimido, hacinado, marginado. Completamente inútil y programado/ble.

Lo que está tácito debe seguir así y la verdad nunca saldrá a luz.
La verdad es una máscara facial de la mentira, una fina capa humectante.
La verdad puede desviar el cauce de un río.
La verdad sabe esperar.
La verdad está a la vista.

La verdad es lo único que me queda cuando no me tengo a mí... cuando no tengo mentiras.

Yo soy una mentira.

Sobre...