y después... ¿qué?

Y después de todo ese día, de todas las andanzas y desencuentros... después qué?
Después de la victoria o antes del fracaso, qué?
Después de la mañana, a horas del almuerzo, o aún de madrugada, cuando el ventilador ya cansa por insistente, qué?
Después de llegar a una nueva estación, después de subir al tren o aún antes, en la estación... qué?
Después de un helado con notas de café, mientras el polen o lo que sea se apropia del aire y nos reímos de tantas taradeces, después qué?
Después de un trago en la piscina del Sheraton, de unas horas en el gimnasio del tercer piso y de una película introspectiva de Mallick... qué?
 
Eso lo había descubierto alguna vez, por error. Y ahora se que he recorrido el proceso exactamente inverso, aunque todos creamos que algo no puede ser des-descubierto. Lo que ya se ha visto queda adherido a los glóbulos blancos y a los electrones que giran en nuestro cuerpo, aunque más no sea en algún lado. Se ha visto, inventado y divulgado por todo el occidente y ninguno de nosotros podrá escapar a la predestinación a la que nos induce: cada tanto tira.

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