de la radio al diseño de interiores

Sobre la mesa de la cocina una de esas radios de mano, pasadas de moda, que me regaló mi tía cuando me vine, pensando sensiblemente en la profunda soledad que me embargaría por estas tierras. Claro, ella ya estuvo aquí, tuvo un novio mendocino, sabía cómo venía la mano. Durante meses un prendedor de pelo amarillo adornaba su antena, hasta que una ex novia descubrió que lo había olvidado ahí, otros tantos meses antes, y se lo llevó. Ahora es como que le falta el prendedor amarillo.
Más arriba de la radio la pared ataca con sus grietas y su escasez ornamental, y se enfrenta cara a cara con una cocina casi blanca, hoy un poco más blanca. Sentado, encorvado, escrutando mis uñas, en el medio, saboreo minuciosamente un café con leche, de esos de fin de jornada que reemplazan la cena junto a alguna amante perdida. La taza blanca, la pared pastel.
En esta casa faltan cuadros: uno de Miles Davis en la pared norte del living (como para que el invitado contemple y pregunte: "Te gusta...?"), uno en blanco y negro en la cocina, podría ser esa maravillosa foto de la moto que logré exponer con azarosa maestría. Debería encontrar (y enamorar) a una diseñadora de interiores, que ponga unas cortinas pesadas en este living y decida qué va mejor con nuestras personalidades, sentada en un banco en la cocina, mientras yo preparo esa cena que hoy perdí. Debería escoger cortinas que pinten esta habítación de rojo, que contrasten con su pelo negro y nos inviten a mudar colchones, para despertarnos en la mañana del sábado abrazados casi al ras del piso helado, prepararnos capuchino y tostadas y descubrir inocentemente que nos amamos infinitamente por culpa de sus cortinas y mis noches silenciosas en la cocina.
 
Cuando la noche de primavera se caiga sobre tu pullover en racimos de agua yo te esperaré en casa con luz cálida, sonrisa y amor, como en una propaganda de Nescafé.
 
Soy así y es la lluvia.

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